Una de las decisiones familiares más difíciles de tomar es la institucionalización de un familiar adulto/a mayor en una residencia geriátrica, ya sea por un tiempo corto -para una rehabilitación, por ejemplo- o largo -por patologías invalidantes, entre otras.
Se suele sentir culpa, tristeza, incertidumbre por cómo será cuidado/a, dudas sobre si es la mejor opción, pensar que se podía haber hecho más a pesar de haber brindado todo lo que estaba al alcance de uno/a. También se retroalimentan prejuicios sobre las residencias geriátricas: “Todos/as vamos a terminar en una”; “Son depósitos de viejos/as”; “La familia se lo/a sacó de encima”.
Y en la mayoría de los casos suele ser la mejor opción, tanto para el adulto/a mayor, que contará con personal capacitado para su atención; como para los familiares, por lo general también mayores, agotados por la sobrecarga de tareas que cumplen desde años y que si no contaron con una capacitación y ayuda adecuada -de otros familiares o de un cuidador domiciliario- se terminan deteriorando junto a la persona cuidada y decayendo -como consecuencia- la calidad de atención, por más amor, compromiso y esfuerzo puesto.